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jueves, 21 de junio de 2012

La Vida


Repasé toda mi vida de un golpe. Un vistazo ligero, pero ordenado, de cabo a rabo, tal como si fuera a los naipes en la mano del mago. 40 cartas. Pero si cada carta fuera uno de mis días, haría falta una baraja de 22.323 naipes. ¡Muchos naipes.

Tengo claro que no me voy a ahorcar; esa muerte no. Pero quiero poner fin mi vida como derecho fundamental, precisamente de la vida. La muerte no es más que un suceso de tu propia vida, creo que sólo tiene la particularidad de que es el último. Por ello tan sólo uno tiene el derecho a decidir cuándo toca morir. A pesar de que la sociedad aún está retrasada en esto; se debería poder ir a la farmacia y pedir una pastilla, luego, cuando tu quisieras la tomabas y tan dulcemente adormilabas, y remató tu historia.

El ABC de hoy pone que Rajoy ya ventiló a los gallegos, les endosó una carga económica, para pagar, insoportable. Además no tengo trabajo, no puedo pagar las deudas el primero de mes, y los bancos, ¡ ojito, están ahí para ingresar los intereses, más los intereses de mora, más las comisiones de reclamación de la deuda; están ahí. Los mercados que como motor de la economía ya nos mostraron que nos ahogan, nos quitan los derechos y el bienestar conseguidos con tantas luchas, tantos dolores, tantas muertes... pero quieren más muertes, y quieren esclavizarnos sin cadenas, pero sin opción alguna a la menor libertad; eso sí, podemos escoger entre coca cola o pesi cola.

Pensé en dejarle una carta al juez, ¿a cuál, ¿al presidente del Supremo. ¿Cómo le explico que quiero morir porque los que mandan en la sociedad nos asfixian, nos quitan la posibilidad de trabajar, de tener una vivienda, de tener comida para no pasar hambre, de tener una Enseñanza pública, una Sanidad universal para todos, nos quitan la posibilidad de pasar los últimos años de nuestra vida adecuadamente, con dignidad. Esto para nosotros los parias, pero no para los banqueros, tampoco los ex-cargos públicos, ni a los corruptos, ni a los que gastan 6000 euros de nuestros impuestos en pasar divertidos un fin de semana (de 3 ó 4 días) una y otra vez. Para rescatar a esos y encubrir a aquellos nos endeuda Rajoy a Nosotros.

Por todo esto puse punto y final, y como no me quiero ahorcar, ni hay la pastilla, subí a un edificio de muchos pisos. Ahí entré en una habitación y abrí la ventana, piso 20: suficiente. Cogí carrera y solté...

Cuando poco después salí por el portal y miré para la ventana del piso 20, vi el muñeco, con el que hice la prueba de matarme, colgado por la garganta. Ocurrió que al tirarlo por la ventana se enredó en las cuerdas de la persiana y allí quedó ahorcado como un payaso. Hice bien en hacer una prueba de mi suicidio, pues se llego a ser yo moriría ahorcado, cuando mi voluntad (por no tener la pastilla) era morir machacado contra el asfalto.

jueves, 14 de julio de 2011

El zorro

Recorría yo hoy los caminos mimados y conocidos por donde de manera irregular paseo monte arriba, y después de la cima de Coto do Rei dando vueltas como rondas entre montes cerrados a veces de árboles frondosos y profundos y otras de espacios abiertos de las aldeas o tierras de labor, o sencillamente llenos de esa maleza de nuestras vidas de helechos y tojos mezclados con retamas y cientos de hierbas y otras otras especies de flora. Vislumbré de lejos, entre la espesura de la maleza, un brillo, quizá azulado, o muy gris y metálico, y me empeñé en que un zorro se movía a su alrededor.
Fruto de mi curiosidad me acerqué por entre la explanada asilvestrada hasta el lugar en el que se circundaba el reflejo, sin encontrar otra cosa que una lata que a buen seguro un latoso ciudadano hubo lanzado el vacío desde el camino para quedarse allí quieta, a la espera de que un ser cualquiera retocara su postura o pudrirse para siempre jamás. ¿Estaría a ciencia cierta el zorro antes, como yo había sospechado. A lo mejor sí, yo había visto como un surco en la vegetación moviéndose en el sentido contrario a aquel en que yo caminaba. Ni un atisbo de duda me quedó cuando vi la lata: Red Bull. El zorro era muy listo y a fe que sabía leer; marcharía muy satisfecho contando que al fin mañana tendría alas.